Cuando me pregunto qué es la escultura o mejor dicho que es una escultura encuentro siempre tantas definiciones y tan precisas o imprecisas que nunca acabo de contestarme.
Las respuestas que he encontrado han ido cambiando con los años, a veces completándose y otras mostrándose radicalmente distintas a las anteriores.
Se podría definir a una escultura con muchísimos conceptos, tantos como la realidad del pensamiento hace posible; Efectivamente una escultura es infinitas cosas.
En su “estar” no escapa a la realidad dimensional como cualquier otra existencia., pero me parece como si su tiempo, espacio y materia tuviesen alguna singularidad sobre el resto, aunque sea solo porque la escultura evidencia continuamente estos tres aspectos.
La escultura es la materia que a su vez contiene a la forma (o viceversa) y la idea que anida en ellas, pero es seguramente más que esto, es también el modo en que se expresa una idea, la suerte de la elección y seguramente una herramienta para explicar la vida.
Una escultura es un proceso en el tiempo, una sucesión de modos hechos y actitudes emocionales que la materia acoge por medio de un complicado dialogo con el autor.
Siempre me han interesado aspectos de la escultura como el volumen, la dimensión, el hueco, el espacio modificado, el relieve, la textura, el signo, el material, etc. Pero en estos momentos presiento la escultura como un calendario personal e intemporal en el que cada figura ocupa un lugar de mi tiempo, encierra una emoción y alberga algunos recuerdos. En este calendario lo nombres y números con los que tradicionalmente medimos el tiempo se han sustituido por la representación material de los instantes pasados. Un pasado reeditable gracias a las figuras realizadas.
Es por tanto para mí esta tercer exposición en Bruselas, la oportunidad para contemplar reunido algunos de los signos que constituyen mi calendario escultórico, un momento para recordar y reflexionar sobre algo tan certero como el pasado.